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sábado, 10 de enero de 2009

Razonando a Descartes (Un intento de refutación del Racionalismo Metafísico)

Introducción

Desde el año 1637, cuando fue editado anónimamente en Holanda, el Discurso del Método marcó un antes y un después en la forma de hacer filosofía. Precedido por años de conciliación de Razón y Fe, el Racionalismo propuesto por Descartes se convirtió en una herética pero subliminal manera de pensar el mundo.
Más allá de la discusión planteada alrededor de las creencias religiosas del propio Descartes, (¿era realmente creyente o sólo intentaba evitar ser condenado por la inquisición?), la conclusión de su método desemboca en un racionalismo (pues es la propia razón el único instrumento para alcanzar la verdad) metafísico (Dios es la causa primera de esa razón).
“Dios: lo último, lo más liviano, lo más vacío es situado como lo primero, como lo que se causa a sí mismo, como el ente realísimo. ¡Que triste es que la humanidad haya tenido que tomar en serio los dolores de cabeza de esos enfermos fabricantes de telarañas!”[1]. Esta sentencia del viejo Nietzsche puede asociarse a las posturas netamente anticartesianas surgidas en la modernidad, principalmente en los pensamientos de Wittgenstein y Peirce, aunque con la diferencia de que estos últimos puede enmarcarse como los representantes mas populares del llamado “giro lingüístico” en la gnoseología (Wittgenstein) y la teoría falibilista (Peirce).
Al transportar el centro de la discusión hacia los estudios del discurso, estos pensadores logran variar el ángulo con que se enfocaban las discusiones en torno a la problemática del conocimiento, desde dos posturas diferentes:

Wittgenstein propone que la teoría del conocimiento, antes de preocuparse por fijar el alcance y límites del conocimiento humano, puesto que el conocimiento mismo se expresa en oraciones, y antes de poder decir si son verdaderas o no, lo que debemos hacer es poder determinar si son significativas, esto es, si tienen sentido[2].
Peirce y su legado plantearon las bases para elaborar dos corrientes de pensamiento: las basadas en la duda-creencia (de tradición Cartesiana) y el modelo del conocimiento falible basado en la creencia-duda, modelo netamente peirciano, parafraseando a Lorenzano.[3]

Tanto la filosofía de Peirce como la de Wittgenstein constituyen intentos diferentes por desarrollar una teoría del conocimiento anticartesiana. ¿Cuál de dichos intento resulta más drástico, más efectivo? ¿Cuál conserva menos rasgos cartesianos? Sospecho que el modelo de Peirce resulta ser mayormente combativo del Racionalismo Metafísico y Catolicista de Descartes.
Las siguientes líneas razonarán sobre los aspectos fundamentales de ambas teorías, intentando entrecruzarlas, compararlas y enriquecerlas con aportes de las teorías psicosociales de base materialista[4], con el objetivo de intentar responder los interrogantes planteados en el párrafo anterior.
¿Logrará la razón refutar al propio racionalismo? A continuación dicho emprendimiento queda a consideración del lector.

Capítulo I: Refutación del “Lenguaje Privado”

Uno de los principales puntos en que puede ser atacado el solipsismo cartesiano es el referente al “corte” que intenta realizar entre subjetividad (mundo interno) y contexto socio-histórico (mundo externo).
El primer precepto que Descartes propone en su método es fácilmente refutable: “(…) no recibir jamás por verdadera cosa alguna que por medio de la evidencia no la pudiera establecer como tal; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no incluir en mis juicios nada más que lo que se presentase tan clara y distintamente a mi espíritu, y que no hubiese ninguna ocasión de ponerlo en duda”.[5]
Resaltemos la frase “nada más que lo que se presentase tan clara y distintamente a mi espíritu, y que no hubiese ninguna ocasión de ponerlo en duda” ¿Y el lenguaje? Descartes parece olvidarse de que, aún aunque lograse la “misión imposible”[6] de despojarse de todo los juicios no evidentes, nunca podrá despojarse del propio lenguaje, puesto que sin lenguaje, se torna imposible el desarrollo de la conciencia.[7]
“Lenguaje privado” es cómo Lorenzano define, siguiendo a Wittgenstein, el intento de Descartes de sólo recurrir a su propia conciencia como principio irrefutable de verdad, en oposición a la consideración del lenguaje como un primitivo e inevitable lazo social que antecede a todo intento de reflexión introspectiva.
Wittgenstein afirma que es imposible hablar de lenguaje privado, y mucho menos sería posible establecerlo como criterio de evidencia. Si el lenguaje privado, interno, sólo es accesible a mí mismo, yo mismo me convierto en el juez de mi propias afirmaciones, es decir, puedo establecer como “evidente” una verdad que sólo es evidente para mí mismo, siendo al mismo tiempo productor y juez del conocimiento.
Explicado en términos del propio Wittgenstein, diremos que “hablar un lenguaje implica seguir algún tipo de regla acerca de cómo deben usarse las palabras de dicho lenguaje, (…) pero si yo soy la única autoridad nunca sabré si me he equivocado o no: ¡lo que sea que piense, va a ser correcto, justamente porque soy la única autoridad en la materia! (…) La conclusión es obvia: la idea de que una regla pueda ser comprendida y seguida por una única persona es ininteligible. Entonces, la idea misma de “lenguaje privado” es igualmente ininteligible, y por ende es ininteligible una teoría del conocimiento basada en el estudio de representaciones privadas.”[8]
Es absurdo intentar razonar inmersos en el más profundo solipsismo, y en el caso de hacerlo, los argumentos que pudieran esgrimirse en medio de ese contexto, aislado del contacto con la realidad y sin más criterio de evidencia que la propia subjetividad, carecen de profundidad, interés y relevancia para el resto de los mortales. Descartes mismo lo afirma: “mi propósito, pues, no es el de enseñar aquí el método que cada cual ha de seguir para conducir bien su razón, sino sólo mostrar de que modo yo he procurado conducir la mía”[9] ¿Acaso los lectores de Descartes y sus posteriores interpretes nunca lo entendieron realmente? Descartes afirma que su método sólo es válido para él, al menos que el nombrado párrafo haya sido interpretado como una muestra de falsa modestia.
Recapitulando lo enunciado en este apartado, diremos que el Racionalismo Metafísico Cartesiano queda refutado por Wittgenstein y la Lingüística Materialista[10] cuando enfocamos el Discurso del Método desde una perspectiva que incluye la dimensión del lenguaje, por dos razones:
a) El lenguaje privado no existe, ergo, resulta imposible una teoría del conocimiento basada en representaciones privadas (Wittgenstein).
b) El ser social determina la conciencia, la conciencia sólo es posible a través de un lenguaje, todo lenguaje se adquiere socialmente y resulta imposible desprenderse de éste a la hora de despojarnos de lo que no sea “autoevidente” (Lingüística Materialista).

Pero los argumentos en contra del pensamiento cartesiano no concluyen acá. Veamos lo que Peirce tiene para decir al respecto.

Capítulo II: Peirce: la voz del anticartesianismo

Los argumentos que más fuertemente atacan la tradición artesiana, son presentados por Peirce en el texto “Algunas Consecuencias de Cuatro Incapacidades”, pero su obra “El Establecimiento de la Creencia” también versa en este sentido.
En un fragmento de dicha obra, Peirce anuncia: “algunos filósofos han imaginado que para comenzar una investigación sólo era necesario formular una pregunta o escribirla en papel; ¡e inclusive nos han recomendado que comencemos nuestros estudios cuestionándonos todo! Pero el mero hecho de poner una proposición en forma interrogativa no estimula la mente a ninguna lucha en pos de la creencia. Debe existir una duda real y vital, y sin todo esto la discusión es ociosa”.[11] Estas palabras hacen explícita alusión al método de Descartes, quién en su Discurso se hallaría más predispuesto a presentar una linda retórica y sacar a relucir su incipiente ingenio ante las autoridades académicas de la época que a proponer un verdadero método científico.
En “Algunas Consecuencias de Cuatro Incapacidades” se encuentra otro párrafo que discurre en el mismo sentido: “no finjamos dudar en filosofía lo que no dudamos en nuestros corazones”[12].
Las “dudas” planteadas por Descartes, lejos de ser verdaderas dudas filosóficas que gocen de profundidad conceptual, representan un intento de manifestar su capacidad analítica en función de un objetivo mucho más personal: impresionar con su verborragia y sagacidad a las autoridades académicas de turno. “No podemos comenzar con una duda completa”[13], afirma Peirce, puesto que es menester partir de algunas creencias primeras para poder arribar a algún conocimiento posterior: “el objeto de razonar es encontrar, a partir de la consideración de lo que ya conocemos, algo más que no conocemos. Consecuentemente, el acto de razonar es bueno si es tal que nos da una conclusión verdadera a partir de premisas verdaderas, y no de otra manera”.[14]
Aclarado este aspecto (la necesidad de premisas como punto de partida) y prosiguiendo con el hilo del razonamiento planteado, surge un nuevo interrogante:[15] ¿cuál es el punto de partida del razonamiento cartesiano? ¿Será refutable? Para saberlo, continuemos con la exposición.
En el mismo texto, Peirce agrega: “hay muchos hechos que el cartesianismo no sólo no explica sino que vuelve absolutamente inexplicables, a menos que decir que “Dios los hace así” sea visto como una explicación.”[16]
La crítica nietzscheana, abordada en la introducción del presente trabajo, discurre en este sentido: justificar todo un sistema de pensamiento con una solución metafísica torna irracional el razonamiento planteado. Recurrir a Dios como explicación de todo aquello que no sabe como explicar es un recurso típico de los seres humanos, pero resulta inaceptable en el ámbito del discurso filosófico científico.
“Pues no siendo Dios falaz, se sigue necesariamente que no estoy equivocado en esto”[17] es una de las frases finales que Descartes ofrece en sus Meditaciones Metafísicas, acentuando el carácter religioso de su “razonamiento”. Dios no es criterio científico de evidencia, puesto que aceptar esa premisa significaría caer en una postura de corte escolástico o retroceder siglos en la historia del pensamiento humano revirtiendo el famoso paso del mito al logos realizado en la Grecia antigua por los primeros filósofos[18]. Lamentablemente, Descartes no tuvo la oportunidad de que Nietzsche le soplara al oído “Dios ha muerto”, para que, aunque sea, Descartes pudiera haber sospechado la posibilidad de que Dios no exista.
En el Establecimiento de la Creencia Peirce agrega: “el criterio cartesiano (…) se reduce a esto: “Cualquiera sea aquello de lo que yo esté claramente convencido, es verdadero””[19]. En este punto podemos realizar un entrecruzamiento con lo ya denunciado por Wittgenstein: “si yo soy la única autoridad nunca sabré si me he equivocado o no: ¡lo que sea que piense, va a ser correcto, justamente porque soy la única autoridad en la materia!”[20]
No podemos nosotros mismos, a partir de nuestra subjetividad, elaborar criterios de verdad, pretendiendo que nuestra individualidad se convierta en una norma para los demás. Esta crítica estaría más direccionada hacía los cartesianos que nunca entendieron realmente a Descartes, que hacia el propio Descartes (ver página 4).
“La filosofía debería imitar a las ciencias exitosas en sus métodos. (...) Sus razonamientos no deberían formar una cadena que sea más fuerte que su eslabón más débil, sino un cable cuyas fibras pueden ser finas, siempre y cuando sean suficientemente numerosas e íntimamente conectadas”.[21]
En este punto, Peirce no sólo ataca contra Descartes sino que su crítica puede hacerse extensiva a toda la filosofía: es necesario un criterio uniforme, un método único que permita que la filosofía presente un cuerpo coherente de saberes críticamente fundados e interrelacionados entre ellos. De nada sirven los conocimientos aislados, los razonamientos dispares, las pretensiones dogmáticas que esterilizan al saber filosófico.
Finalizando su texto “Algunas Consecuencias de Cuatro Incapacidades” Peirce propone cuatro negaciones básicas de los postulados cartesianos. A continuación y finalizando esta sección del trabajo, analizaremos brevemente cada uno de ellos, relacionándolos con los postulados básicos de la teoría materialista de la Psicología Social.

1. No tenemos poder de Introspección, sino que todo el conocimiento del mundo interno se deriva por razonamiento hipotético de nuestro conocimiento de hechos externos.[22]
Si concordamos en que el ser social determina la conciencia[23], el proceso de introspección no es más que una investigación realizada sobre las estructuras sociales internalizadas en la propia conciencia. Lo que podemos llegar a conocer dentro de nosotros es una apropiación instrumental de las relaciones dialécticas acaecidas entre el contexto socio histórico y nuestra subjetividad.

2. No tenemos poder de Intuición, sino que cada cognición está lógicamente determinada por cogniciones previas.[24]

Hablar de intuición es cometer un error: lo que consideramos “intuición” no es más que un proceso de relación de las experiencias previas y sus pertinentes cogniciones con las nuevas experiencias que se presentan ante el sujeto (cada suceso nuevo se significa de acuerdo a las matrices internalizadas que ya posee el sujeto).

3. No tenemos el poder de pensar sin signos.

En este punto, la posición de Peirce se acerca un poco al giro lingüístico propuesto por Wittgenstein: no podemos pensar sin lenguaje (conjunto ordenado de signos), por lo que resulta imposible despojarse de todo saber previo para poder “razonar” al mejor estilo cartesiano.

4. No tenemos el concepto de lo absolutamente incognoscible.

Para Peirce, no hay nada que no pueda llegar a conocerse y, por lo tanto, no hay saber que pueda fundamentarse en nociones metafísicas o esencialitas (como recurrir el concepto de Dios, por ejemplo)
Con todo, la exposición resulta suficiente como para arrojar algunas conclusiones. Veamos cuales son.

Conclusión: Cogito, ergo refutum

A lo largo de las líneas precedentes, se intento graficar, a grandes rasgos, los principales conceptos de las teorías de Ludwig Wittgenstein y su giro lingüístico y la postura falibilista de Charles Sanders Peirce, ambos enmarcados dentro de las posturas anticartesianas.
Con lo expuesto, resulta evidente la claridad de los conceptos planteados por ambos, pero el modelo de Peirce es el que posee mayores argumentos, mejor justificados teóricamente y mayormente profundizados en contra del Método de Descartes.
Descartes, el padre del Racionalismo moderno, sentó las bases para su propia refutación: si se “razona” su teoría racionalista, se acaba por refutarla.
Un gran legado histórico de pensamientos filosóficos se alinean dentro del pensamiento cartesiano: “la filosofía de Descartes fue enormemente influyente en la teoría del conocimiento posterior, ya se trate de empiristas, racionalistas o kantianos. No resulta una exageración decir que toda la filosofía de la modernidad tiene la impronta de algunas de las ideas básicas de Descartes”.[25]
Sin embargo, el cartesianismo debe ser muy bien analizado, críticamente “racionalizado” para evitar caer en posturas solipsistas o reduccionistas de la verdad.
Apelando al humor y la ironía, Descartes debería haber redactado sus cuatros grandes principios de la siguiente manera:
1- No recibir jamás por verdadera cosa alguna que por medio de la evidencia no la pudiera establecer como tal, a excepción del lenguaje, los dogmas religiosos, las creencias básicas para llevar a cabo todo conocimiento, etc…
2- Dividir cada una de las dificultades en cuantas partes fuere posible y en las que sean requeridas para su mejor resolución, o… hasta dónde el ingenio alcance.
3- conducir ordenadamente los pensamientos, empezando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, procediendo por grados, hasta el conocimiento de los más complejos, para arruinar todo el proceso justificando Metafísicamente el análisis en la Divinidad de Dios.
4- Hacer en todos los pasos anteriores unas recensiones tan completas y unas revisiones tan generales, que llegase a estar seguro de no haber omitido nada… nada que no me convenga omitir.

La conclusión, elaborada por Wittgenstein, Peirce y yo: cogito, ergo refutum. Es decir: pienso, luego refuto.
La razón refuta al Racionalismo Cartesiano Metafísico.

JUAN PABLO ALBA
NOTAS:

[1] NIETZCHE, Friedrich. El Ocaso de los Ídolos. Ed. Gradifco. Pág. 58.
[2] LORENZANO, César. Teoría del Conocimiento, Módulo IV, Unidad I.(Apuntes de cátedra)
[3] LORENZANO, César. Teoría del Conocimiento, Módulo V, Unidad I.(Apuntes de cátedra)
[4] En este aspectos se tomarán algunos aportes realizados por el Materialismo Histórico así como también parte de los postulados de la Psicología Social.
[5] DESCARTES, René. Discurso del Método. Ed. Gradifco. 2003. Pág. 28
[6] La idea de la imposibilidad de despojarse de todo prejuicio será analizada en profundidad más adelante.
[7] Afirmación realizada siguiendo las teorías psicosociales de la lingüística rusa, planteada por autores como Voloshinov y Gorsky, entre otros.
[8] LORENZANO, César. Teoría del Conocimiento, Módulo IV, Unidad I.(Apuntes de cátedra)
[9] DESCARTES, René. Discurso del Método. Ed. Gradifco. 2003, Pág. 17
[10] La “Lingüística Materialista” persigue la sentencia de Karl Marx efectuada en el conocido “Prólogo a la Contribución de la Crítica a la Economía Política” de Engels, que enuncia “el ser social determina la conciencia”.
[11] LORENZANO, César. Teoría del Conocimiento, Módulo V, Unidad I.(Apuntes de cátedra)
[12] Ídem anterior.
[13] Ídem anterior.
[14] Ídem anterior.
[15] ¿No es acaso fascinante la Filosofía? De una certeza surge una duda, y de esa duda una nueva certeza, y así sucesivamente. ¡Maravilloso!
[16] LORENZANO, César. Teoría del Conocimiento, Módulo V, Unidad I.(Apuntes de cátedra)
[17] DESCARTES, René. Meditaciones Metafísicas. Ed. Gradifco. 2003, Meditación Sexta, Pág. 158
[18] “Toda religión se funda en una cosmogonía originaria, basada en un mito fundacional que ordena y significa el mundo”. Tomado de ELIADE, Mircea. Lo Sagrado y lo Profano. Ed. Paidós.
[19] LORENZANO, César. Teoría del Conocimiento, Módulo V, Unidad I.(Apuntes de cátedra)
[20] Se sugiere ver las páginas 3 y 4 de la presente monografía.
[21] LORENZANO, César. Teoría del Conocimiento, Módulo V, Unidad I.(Apuntes de cátedra)
[22] Ídem anterior.
[23] Ver “Lingüística Materialista” (Nota al pie Nº 10)
[24] LORENZANO, César. Teoría del Conocimiento, Módulo V, Unidad I.(Apuntes de cátedra)
[25] LORENZANO, César. Teoría del Conocimiento, Módulo IV, Unidad I.(Apuntes de cátedra)

Hume y la Negación de la Filosofía

INTRODUCCIÓN

Al sumergirnos en el estudio de la filosofía, resulta ser notorio el hecho de que cada uno de los sistemas de pensamientos, pensadores a actores que se suceden a la largo de su recorrido son factibles de las más diversas interpretaciones. Al igual que todo filósofo, Hume no resulta ser una excepción.
Para su estudio, algunos académicos lo han caracterizado como escéptico radical, llegando incluso al punto de negar la posibilidad de realizar filosofía. Otros, en cambio, lo reconocen como unos de los grandes talentos de la filosofía naturalista.
HUME, ¿ESCÉPTICO O NATURALISTA? Este el interrogante sobre el que versará la presente monografía, intentando retomar algunos elementos de su filosofía que nos permitan justificar ambas posiciones, confrontándolas analíticamente para así poder llegar a una solución crítica de la hipótesis planteada.
¿Cuál es criterio de verdad que utiliza este pensador Inglés para haber sido interpretado tan variadamente? ¿Cuál es la fina línea que divide el conocimiento verdadero y científico de la simple especulación filosófica? ¿Existe alguna relación con los intentos de Descartes de alcanzar una verdad clara y distinta? ¿Qué postura tomar nosotros mismos, como pensadores contemporáneos, a la luz de los planteos de Hume?
Estos interrogantes nos guiarán durante las siguientes líneas, mientras nos perdemos por unos instantes en los magníficos laberintos de la reflexión filosófica.

CAPÍTULO I: NADA ES ESENCIALMENTE NECESARIO

El camino que dibujan las diversas posturas que pueden elaborarse como resultado de la discusión sobre el escepticismo de Hume, o por lo contrario, su inclinación empirista, puede iniciarse a través de uno de sus conceptos que, a mi entender, produce, luego de su comprensión, un cambio radical en la forma de considerar el conocimiento en todo pensador.
Una de las mayores genialidades de Hume fue contar con un agudo sentido crítico de los fenómenos físicos. Su análisis del concepto de necesidad refleja la profundidad de sus estudios.
Incansable cazador de certezas, aplicó la claridad de su espíritu a la cotidianeidad que lo rodeaba. Si observamos, como lo sugiere Hume[1], el impacto de dos bolas de billar como si fuera la primera vez que realizáramos dicha observación, la razón por sí sola no podría aportarnos absolutamente ningún dato sobre el futuro comportamiento de las bolas luego del impacto. Cualquier opción, incluso el pensar que podrían explotar dando fin al universo, es tan razonable como predecir que la segunda será impulsada por la primera en la dirección que tan bien describiría la física actual.
¿Qué es lo que nos lleva a “razonar” de determinada manera ante estos casos? Hume nos respondería que es el hábito[2]. Acostumbrados por la experiencia repetida de ver bolas chocar, es cómo podemos sacar luego las conclusiones que diariamente aplicamos en nuestras vidas.
El origen de nuestras certezas está fundamentado en las experiencias previas que tuvimos a lo largo de nuestras vidas, pero no existe ningún dato que pueda asegurarnos la existencia de una ley de necesidad que gobierne estos fenómenos. Del suceso A que produce la respuesta B, no puede extraerse la conclusión de que A siempre producirá B. Pero sí, posteriormente, en repetidas oportunidades el fenómeno A produce siempre la consecuencia B, nuestra razón, fundamentada con esas experiencias “agrega” el criterio de “necesidad” que nos hace creer que siempre A producirá el efecto B.
Hume, quien al igual que Descartes, buscaba alcanzar un grado de certeza absoluta en sus investigaciones, concluye diciendo que todo conocimiento a posteriori (en terminología kantiana) carece de certeza, puesto que sólo está basado en la experiencia y las leyes que rieguen dichos fenómenos (“cuestiones de hechos” en la terminología de Hume[3]) escapan a los dominios de la razón.
¿Qué nos está queriendo decir Hume con esto? ¿Ninguno de nuestros conocimientos, salvo las ciencias formales, son realmente verdaderos? ¿Todo lo que creemos como “cierto” no es más que una ilusión generada por el hábito? ¿Cómo no caer en el amparo de la locura ante la terrible verdad que Hume arrojó al mundo?
Dos formas de interpretarlo intentan dar respuesta a estos interrogantes:
· Hume como representante del empirismo
· Hume como escéptico radical
A continuación, analizaremos cada una de estas posturas.

CAPÍTULO II: HUME, EL EMPIRISTA-NATURALISTA

Una de las formas de interpretar a este genial pensador inglés es enmarcándolo dentro del “Naturalismo”, definido como un “movimiento que afirma que la naturaleza constituye el conjunto de la realidad”[4].
Lorenzano, acerca de Hume, nos comenta: ¿qué nos lleva a creer en la existencia de los cuerpos en el mundo fuera de la conciencia? Ningún argumento racional lo hace. No percibimos objetos fuera de la mente, sólo impresiones e ideas dentro de ella. Lo único que está presente a la mente son las percepciones, y no tenemos ninguna evidencia de que tengan algún parecido con objetos, o propiedades de objetos, ya que en sentido estricto nunca percibimos los objetos. El sentimiento, no razonable, de que hay cuerpos, no proviene del entendimiento sino de la imaginación.[5]
Acá podemos ver cómo, a pesar de no negar la existencia de una realidad con independencia del sujeto cognoscente, Hume si niega la posibilidad de conocerla tal cómo es, puesto que sólo poseemos “impresiones” de la misma. Desde este punto de vista, Hume podría acercarse a los límites de la teoría fenomenológica.
Sin embargo, mayormente se interpretó su postura como naturalista, principalmente debido a su concepción empirista en cuanto al origen del conocimiento. Siguiendo a Hessen[6], consideraremos “empirismo” como la respuesta al origen del conocimiento que afirma que la única vía para acceder al conocimiento es a través de los sentidos.
Hume, entendido desde esta postura, estaría en sus textos[7] marcando los límites de la razón para conocer, sólo dejándole a la razón humana un pequeño trecho de certeza.
“Aunque concluyésemos (…) que en todos los razonamientos que parten de la experiencia la mente da un paso que no se justifica por ningún argumento o por proceso de comprensión alguno, no hay peligro de que aquellos razonamientos de los que depende casi todo el saber sean afectados por tal descubrimiento. Aunque la mente no fuera llevada por un razonamiento a dar este paso, ha de ser inducida a ello por algún otro principio del mismo peso y autoridad. Y este principio conservará su influjo mientras la naturaleza humana siga siendo la misma.”[8]
Con todo esto, podríamos afirmar que prácticamente la totalidad de los conocimientos humanos están fundados en los “hábitos” y la experiencia, siendo esta última fundamental para la elaboración de las ciencias.
Pero… ¿es realmente esto lo que Hume quería transmitirnos? Veamos a continuación otra posible interpretación de sus argumentos.

CAPÍTULO III: LA NEGACIÓN DE LA FILOSOFÍA

Para Hume, afirmar que el sol saldrá de nuevo mañana por la mañana es tan verdadero como afirmar que no saldrá, puesto que la noción de necesidad es inexistente, como lo explicamos en el primer capítulo.
Si tomamos este argumento como un absoluto, Hume estaría refutando la totalidad de los razonamientos inductivistas, y estos son el pilar de la ciencia moderna. Pueden recordarse también otras grandes críticas realizadas al inductivismo: el argumento del suicida que salta de un rascacielos y luego de caer hacia el suelo durante más de cien pisos concluye que nunca morirá, o el del matemático que al analizar que el número, dos, tres, cuatro, etc. son menores que 10.000 cansado de contar, al llegar a 9.999, concluye que todos los números son inferiores a 10.000, etc.
¿Qué conocimientos son posibles dentro de estos estrechos márgenes de razonamiento? Lorenzano nos respondería que, “según la interpretación “tradicional”, Hume no sería sino un escéptico radical, que disuelve toda posibilidad de hacer filosofía”[9]. Hume demostraba una “desconfianza en la posibilidad de que la filosofía ofrezca un anclaje seguro en cualquier verdad"[10]
Inclusive, las sustancias, quedarían reducidas simplemente a un haz de percepciones, pues no posee ninguna realidad como ente metafísico. Si caemos en esta postura absoluta, ningún tipo de conocimiento es posible, más allá de la “filosofía natural” expuesta por Hume. La metafísica, el esencialismo, la religión, esta monografía, las especulaciones filosóficas que se alejan de lo natural, etc. son razonamientos que quedarían excluidos del campo del verdadero saber, aquél que no se funda en las costumbres (hábitos) sino en la racionalidad pura. El propio Hume lo afirma:
“cada vez que un volumen caiga en tus manos, pregúntate: ¿contiene razonamientos experimentales sobre verdades de hecho? ¿Contiene razonamientos referentes a número o cantidad? En caso negativo, arrójalo al fuego, puesto que no contendrá más que ilusiones y proposiciones sofísticas”[11]
CONCLUSIÓN

Debatir en torno a la posibilidad del conocimiento invita a pensar no sólo en las teorías de los grandes pensadores, que, como Descartes, buscaron justificar en la razón el máximo grado de certeza posible, o los que como Hume, denunciaron con destreza los límites de nuestra razón para conocer, sino también que nos posicionan, personalmente, ante interrogantes que forman parte de nuestra propia constitución como seres humanos.
¿Cuánto de lo que habita en nosotros, cuantas “verdades” de nuestro mundo están realmente fundamentadas? ¿Qué es lo que conocemos realmente? Hume no sólo es una respuesta a múltiples cuestiones de la teoría del conocimiento, sino que sus textos son a su vez una pregunta a nosotros mismos y nuestra formación académica-profesional.
Ya sea considerándolo como escéptico radical o como empirista, ningún amante del saber que quiera avocarse a los estudios filosóficos puede pasar por alto los argumentos esgrimidos por David Hume.
La historia de la humanidad pareciera ser la larga búsqueda de un ansiado tesoro: la certeza. El miedo ante la incertidumbre motoriza al ser humano a abocarse a las más profundas investigaciones, buscando su lugar entre la razón y la experiencia. Pareciera ser que justamente, en medio de ambas, es dónde más logra alcanzar su idílico objetivo.
Luego del análisis de las dos posturas desarrolladas a lo largo de esta monografía, pueden enunciarse las siguientes conclusiones:
· Debemos evitar, al leer a Hume, caer en posiciones extremas: no se trata de un simple empirista, sino de un profundo pensador naturalista, como tampoco es un escéptico radical, sólo que logra con un estilo singular aportar el grado de dudad necesario que todo saber debe tener para estar realmente fundamentado.
· La postura de Hume es una invitación a la constante crítica del saber, evitando así caer en posiciones dogmáticas que obstruyen el progreso de todo conocimiento.
· Hume no niega la posibilidad de realizar ciencia, sino que le exige un alto grado de certeza en sus razonamientos, en pos de su propio progreso.
· Al igual que descartes, toda la filosofía de Hume es un intento por alcanzar un conocimiento cuya certeza sea indudable.
· El análisis de nuestros propios conocimientos resulta fundamental, para lograr discernir aquellos que realmente se encuentran justificados de aquellos que sólo son fruto de la simple “costumbre”.
· El grado más cercano a la certeza que un conocimiento puede alcanzar está determinado por la combinación de la experiencia fundada en base a criterios racionales.
No podemos negar la filosofía, al menos que realicemos un artilugio conceptual e identifiquemos filosofía con ciencias físicas, como lo hizo Hume. Su contexto, netamente marcado por el auge del positivismo, emerge como fundamento principal de todas sus reflexiones, que lograron inmortalizarlo como el más grande (el único a mi conocer) escéptico-empírico-naturalista de la historia de la filosofía.
NOTAS:

[1] DAVID HUME. investigación sobre el conocimiento humano
[2] Ídem anterior
[3]Ídem anterior
[4] Microsoft ® Encarta ® 2007. © 1993-2006 Microsoft Corporation.
[5] LORENZANO, César. Teoría del Conocimiento, Módulo III, Unidad I.(Apuntes de cátedra)
[6] HESSEN, Johannes. Teoría del Conocimiento. Losada.
[7] “Tratado sobre la naturaleza humana” (1739) e “Investigación sobre el entendimiento humano” (1748)
[8] DAVID HUME. Investigación sobre el conocimiento humano.

[9] LORENZANO, César. Teoría del Conocimiento, Módulo III, Unidad I.(Apuntes de cátedra)
[10] ATLAS UNIVERSAL DE FILOSOFÍA. Editorial Océano
[11] Ídem anterior

Nietzsche y la Verdad

Interpretación de la “Introducción teorética sobre la verdad y la mentira en el sentido extramoral”, de Friedrich Nietzsche

NIETZSCHE inicia su tratado demostrando la innecesidad del conocimiento humano, puesto que si el hombre antes desconocía casi todo y lograba sobrevivir, si el conocimiento desapareciera nada sucedería. El conocimiento se presenta al hombre como máscara para ocultar su cobardía, para refugiar su propia debilidad existencial en la ilusión del conocimiento. Según Nietzsche, este “arte del disimulo” “alcanza su punto culminante en el hombre”, quien a causa de su propia vanidad, inventa verdades para poder sobrevivir en este mundo. El hombre es un ser ajeno a la verdad.
Lo que el hombre considera “conocimiento” se trataría solo de formas, de captación de estímulos, pero en realidad, no sabría nada sobre sí mismo ni sobre la naturaleza.
En el estado de naturaleza el hombre solo usa su intelecto para el disimulo, elaborando un contrato de paz donde el primer paso a la verdad está constituido por el establecimiento de lo universalmente válido, enunciándose así las primeras leyes: el lenguaje.
A través de las tautologías, de los silogismos, de la lógica en general, el hombre se acostumbra a manejar ilusiones como si fueran verdades, puesto que el mismo lenguaje se trataría de una red de convenciones y mentiras. Las palabras nos limitan, puesto que nunca podrán representar un concepto universal en toda su extensión. Con las palabras no se llega a la verdad, puesto que “la cosa en si” es inasequible para nosotros y nuestro limitado lenguaje.
¿De dónde proviene la verdad? Según Nietzsche, si se la escribe con palabras, resulta imposible que provenga de la esencia de las cosas. Los conceptos universales surgen a través de una falsa igualación de la verdadera desigualdad de las cosas. La naturaleza no conoce ni formas ni conceptos, es solo una X que resulta inaccesible. ¿Qué es entonces la verdad? Según el gran pensador alemán, se trataría de relaciones, convenciones humanas elevadas a través de una ilusión al carácter de verdad.
Esta institución de la verdad surge como una imposición social, donde el hábito representa el camino que nos conduce a la verdad. A diferencia del animal, el hombre posee la capacidad “de hacer que las metáforas intuitivas se volaticen en un esquema, es decir, la capacidad de disolver una imagen en un concepto”. El hombre se muestra como el único ser capaz de realizar jerarquizaciones.
La verdad, considerada en su génesis social, nos invitaría a no atentar contra el orden de lo establecido. Es el hombre quién construye conceptos sobre bases frágiles, es decir, la verdad se establece antropomorficamente. Es así como el hombre busca la compresión de un mundo creado por el mismo hombre, y olvida que está encerrado entre metáforas de su propia ilusión. “Si escapara durante unos instantes de esa prisión, el hombre perdería la conciencia de si mismo, y le cuesta creer que los animales y los insectos perciben un mundo totalmente distinto y carece de sentido distinguir cual de las dos percepciones es la correcta, puesto que término “percepción absoluta” es un juicio contradictorio”. Las esencias no se manifiestan en el mundo empírico.
Las leyes de la naturaleza nos parecen objetivas porque todos las percibimos de igual manera, pero si todas las percepciones fueras distintas, desconfiaríamos de ellas. Solo conocemos los efectos de dichas leyes y las sumas de sus relaciones se reducen a la rigidez matemática y las representaciones de espacio y tiempo. Todas las metáforas posteriores (consideradas verdades) se construyeron a través de la imitación de tales formas primigenias.
Los conceptos se construyen primeramente por el lenguaje, y luego por la ciencia. Los mitos y el arte confunden los conceptos: “Si un artesano estuviera seguro de soñar cada noche, durante doce horas, que es un rey, sería tan feliz como el rey que todas las noches soñara durante doce horas que es un artesano” (Pascal). El ser humano, naturalmente, posee la tendencia a dejarse engañar.
Los conceptos copian la vida del hombre y cuando los deshace, remplaza los conceptos por instituciones, pero estas instituciones no siguen un camino regular que conduzca a las abstracciones.
¿Cómo arribar, entonces, a una verdad? Nietzsche nos respondería: por el camino iluminativo y liberador de la intuición. Ante la intuición el hombre enmudece o habla con metáforas, con construcciones conceptuales inauditas, que destruyen las viejas barreras conceptuales.
Los hombres racionales y los intuitivos desean el dominio de la vida y caminan juntos sobre la superficie de este mundo, recorriendo la historia de la humanidad de punta a punta, creando cultura y ciencia, viviendo mentiras y dolores, y el hombre intuitivo obtiene de sus intuiciones una defensa contra el mal, una redención, y es tan irracional en la felicidad como en el dolor. El racional, como un estoico, disimula dolores y pasiones, sin gritarse, sin alterarse, se refugia bajo la máscara del conocimiento.
Nietzsche denuncia que son necesarias, para que la vida sea soportable, tanto la verdad como la mentira. “Sin ciertas dosis de locura, nadie puede creer firmemente estar en posesión de la verdad, puesto que creer en la verdad es precisamente locura”.
Debemos abandonar la fe en el conocimiento y en la lógica, puesto que es imposible arribar a un conocimiento profundo y certero. Nietzsche se presenta así como uno de los principales detractores de la Lógica: “No es mas que la esclavitud en los lazos del lenguaje”, nos dirá él. Lo mas verdadero de este mundo es el amor, la religión y el arte, los tres poderes ilógicos.
La ciencia, para Nietzsche, consiste en “adquirir conciencia de todo lo que se posee por herencia; es el registro de las leyes firmes y rígidas de la sensación”. En el hombre no existe ningún instinto de verdad y el placer que nos ocasiona la verdad no indica un deseo de la misma. El placer de la mentira es estético, y como tal, se constituye en verdad, al no ocultar su intención de engaño.
El autor finaliza sus ideas con la tesis de que el mundo solo puede ser entendido en cuanto a sus apariencias, nunca en sus esencias o verdades. “Únicamente quien pudiera considerar la totalidad del mundo como apariencia estaría en condiciones de contemplarlo sin deseos y sin instintos: el artista y el filósofo.”